jueves, 25 de febrero de 2016

TU REFRIGERIO ESPIRITUAL DE HOY: La Torre

La torre

Por José Gil

Por primera vez me encontraba en aquella ciudad, cuyo ambiente otoñal invitaba a visitar sitios y monumentos históricos, testigos y memorias de algunas de las contradictorias acciones de nuestra especie en este periplo llamado historia. Visitar Berlín era una vivencia fascinante, aunque apenas unas horas después de haber aterrizado ocurrió el atentado terrorista en Paris, en el que 130 personas fueron asesinadas, poniendo en alerta a la ciudad en la que el despliegue policial era notorio. Las circunstancias obligaban incluso a portar mi pasaporte en todo momento. Decidí ir a conocer la ciudad, empezando por la famosa torre de Berlín, la Fernsehturm o torre de telecomunicaciones, un icono berlinés, cuya altura supera los 360 metros, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad. Siguiendo la dirección de un folleto turístico tomé el tren hasta la estación Alexanderplatz, desde la cual la torre debería quedar muy cerca. Era un día soleado, inusual para la estación, por lo que esperaba disfrutar del paseo sin paraguas ni abrigo. Caminé unos minutos, distraído por el tráfico y la nutrida afluencia peatonal. Al cabo de unos minutos decidí preguntar a una dama que pasaba a mi lado. ¿Dónde está la torre? Con notoria risa ella repitió mi pregunta ¿La torre? La tiene aquí al lado, “mire hacia arriba”. Comencé a reír, parte por lo embarazoso del momento y parte por imaginar lo que algunos amigos y parientes dirían cuando les contara el episodio. Allí estaba una torre de 368 metros de altura, punto visible desde cualquier sitio de Berlín…y yo no lo había visto. Alguien podría perderse buscando un tramo de algún paseo en bote, los tres puntos de control de pasaportes de la guerra fría o hasta confundirse por los tramos del muro que dividió la ciudad en Este y Oeste. Pero ¿no ver la torre? Se requería estar muy perdido o sufrir de alguna limitación para levantar la mirada. Se vale reír de quien te escribe, disfruta este momento y puedes hasta recordármelo  en nuestro próximo encuentro: José, el único turista en Berlín que no veía la torre. Efectivamente, la sola vista desde el mirador al tope de la torre ofrece una perspectiva educativa y hermosa, que por cierto permite un mejor disfrute al momento de visitar alguno de sus monumentos históricos. Haber visto las cosas desde las alturas pareciera dejarte disfrutar mejor cuando llegas a ellas. Ahora bien, hoy te escribo para compartir algo más que esa una visita turística, decirte algo trascendente que aprendí: algunas veces una limitada visión en la vida nos hace perder alturas que están a nuestra disposición. Con demasiada frecuencia estamos tan absortos en lo que ocurre alrededor que una especie de amnesia o discapacidad intelecto-espiritual impide elevar nuestra perspectiva de las circunstancias, aspiraciones, sueños. Con demasiada facilidad la afluencia de entendidas responsabilidades, compromisos o tareas limitan nuestra aspiración a mirar las cosas desde una posición que eleve nuestra vida. No se trata de desconocer realidades, los millones de migrantes desde Africa y Suramérica hacia Europa y Estados Unidos, los más de 1000 millones de toneladas de alimento que se pierden cada año en el planeta (mientras 19000 niños mueren de inanición cada día), la corrupción que abarca desde gobernantes hasta directores deportivos, el incremento de la violencia armada y el cambio climático; son ya suficiente como para sugerir que la sociedad se encuentra en la sala de espera frente a una puerta con un cartel que dice “Crisis apocalíptica”. Por otro lado, ya muchos tienen suficiente presión con su problema de empleo, la dificultad para encontrar medicinas, pagar deudas o lidiar con problemas familiares o de soledad. Ante semejante lista de cosas ocurriendo en nuestras narices -o del otro lado de la calle- luce natural que haya más de algún distraído preguntando ¿Dónde queda la torre? No una física para disfrutar la vista, sino una espiritual para alcanzar una perspectiva elevada que me permita comprender y actuar, consecuentemente, con la altura que fluye del alma cuando esta se eleva. Existe una promesa que ha sido fuente para mirar hacia la torre de mi alma: “dichoso quien medita en las enseñanzas de Dios…es como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto cuando corresponde…y prospera en lo que emprende”. Si quieres ver la promesa completa lee el Salmo 1, no tiene desperdicio. Poderosa promesa, de la cual se han apropiado muchas almas que han dejado un legado de altura espiritual. Enfrentaron momentos duros y rudos pero fueron capaces de elevar su visión de la vida, su mirada a las circunstancias; se atrevieron a soñar, vieron la torre de sus vidas y ascendieron para mirar las cosas desde “arriba”. ¿Sabes? Existe una altura que fue diseñada para ti, y solo tú puedes alcanzarla, pero necesitas levantar la mirada. Quien se atreve a aspirar a la altura y buscarla…la encontrará. Cuidado, altura no se trata de sentirse superior, sea por lo acumulado en bancos o el número de contactos en la red social. Altura es usar las cualidades que la vida nos ha dado para llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos. En lo personal, considero a Jesús la más alta mejor versión del alma, y aprender suyo es elevar mi altura para esculpir una visión de la vida que me eleve. ¿Ya sabes dónde está la torre? ¿Tu torre? Levanta la mirada de la vida, busca las alturas del espíritu, anhela que tu mente sea alimentada de cosas espirituales. Tener una visión elevada de la vida traerá paz a tu mente y será guía para otros que buscan las alturas. Feliz día. 

TU REFRIGERIO ESPIRITUAL DE HOY: Bajo lluvia

Bajo lluvia
Por José Gil
Venia del taller, luego de una breve espera para que repararan una falla en mi camioneta. Mientras conducía meditaba en la aparente rapidez con que pasan los días decembrinos. Pensaba en mis dos hijos, partiendo a diferentes latitudes, en búsqueda de oportunidades para alcanzar sus sueños personales y profesionales. Una mezcla de emociones fluía del alma, entre el quehacer cotidiano, el entusiasmo por la vida y, a la vez, nostalgia de mirar a los “muchachos” extendiendo sus alas. Comenzaba a llover y el candente sol marabino quedaba, momentáneamente, cubierto por densas nubes. Fue al girar a la izquierda para tomar la avenida universitaria cuando le vi. Allí estaba, con pantalones que llegaban hasta las rodillas, una franelita de cuyo color naranja apenas quedaban destellos; tez, cabello y estatura similar a la de mi nieto; solo que este niño no estaba jugando bajo la lluvia…trabajaba. Con ambas manos se esforzaba por levantar a la vista de los conductores un palo del que colgaban bolsas de limones. Con la velocidad que solo los pensamientos alcanzan, recordé a un muchacho caminando por calles polvorientas en Santa Bárbara del Zulia, viviendo rigores que, algunas veces, obligaban a buscar lombrices mientras los primos habilidosos con el anzuelo pescaban el pan de ese día. Recordé al adolescente vendiendo ropa a domicilio y juguetes en la esquina de 5 de julio con Santa Rita en Maracaibo; al joven despertando aquella madrugada cuando la lluvia derribó parte del techo de la vieja casa alquilada en que vivía, obligando una mudanza sin tiempo, ni dinero, para plazos de espera. Dando saltos en mis pensamientos vi, en aquel niño, a los muchos que había visto durante el tiempo vivido en el norte de África. Mis ojos se nublaron al recordar que nos ha sido dado un mundo maravilloso, pero la administración que hemos hecho ha castigado furiosamente a tantos, en especial a los niños. Sin embargo, también recordé risas y alegrías en aquellos tiempos de pesca, la bondad de quienes compartieron afecto y hasta algún almuerzo improvisado con el joven vendedor; los desconocidos que ofrecieron albergue al desposeído, llegando a ser su familia del camino. Esas almas sembraron esperanza en su corazón, permitiendo que, hoy, comparta agradecimiento por sus salvadores en aquellas horas menguadas. Fue escrito que “la luz en las tinieblas resplandece” y, ciertamente, aquellas almas fueron luz enviada del cielo para iluminar momentos de densa penumbra en un alma que, ahora, entiende que mientras existan quienes tiendan su mano a los que soportan tiempo bajo lluvia…el mundo tendrá luz. Tendemos a dejarnos obnubilar, distraer, desanimar, cuando las noticias o el entorno sugieren que nada se puede hacer. Kevin Carter recibió un reconocido premio en 1994, mismo año en que se suicidó, derribado y destruido porque sus vivencias como reportero gráfico secuestraron su esperanza. Un alma abatida puede llegar a pensar que se perdió la causa para vivir. Sin embargo, es justamente en momentos de penumbra cuando la luz debe mantenerse encendida, la luz del compartir por y con amor hacia otros, sin esperar nuestra foto en una revista o el aplauso de mercaderías que, calculadora en mano, promocionan la necesidad para hacer ganancia de quienes procuran ayudar. Mis pensamientos aún se pasean por hechos como que la camioneta sigue produciendo algunos ruidos raros (ya hubo necesidad de remolcarla hace días) y mis hijos partieron tras su legítimo derecho a seguir sus sueños. Pero ¿sabes? El hecho que a nuestro alrededor existen tantas almas que están, como aquel niño, bajo lluvia, intentando levantar lo que su circunstancia le ha puesto a mano, me permite entender que aspirar a la grandeza de nuestras almas implica esencialmente sentir, pensar y actuar a favor de los que están en la tormenta. Un alma triunfadora siente la fuerza de la vida, la poderosa mano de Dios tocando su hombro y abrazándole, aunque los tiempos sean duros, para animarle y para que sea fuente de vida para otros. Jesús dijo “correrán ríos de agua vida de quien crea en mi”, y eso no lo dijo a reporteros ni financistas enchufados de su tiempo. Lo dijo a quienes estuvieran sensibilizados a dar y compartir del amor que sabían haber recibido de Dios. ¿Has entendido que Dios te ama muchísimo? Si, aunque las noticias anuncian tiempos difíciles, tiempos de tormenta ¿Puedes sentir su amor hasta en las horas de penumbra? Quien llega a sentir la poderosa, santa y amorosa presencia en su ser vivirá inspirado e inspirará a otras almas. Quien armoniza con lo Divino y confía que su mirada le acompaña, puede llegar a ser cualquier cosa...menos un fracaso; aunque su circunstancia de vida le tenga bajo lluvia y solo posea limones para levantar. Estoy recordando a ese niño, y a todos quienes, como tú y yo, estuvimos -o estamos- bajo lluvia, con la convicción que, cuento haga por y con amor, por mi prójimo, tocará, de alguna forma, a todos. No puedo cambiar al mundo pero me han sido dadas las herramientas intelectuales y espirituales para cambiar yo, y cambiando yo…el mundo cambiará. Feliz día. 

lunes, 12 de octubre de 2015

TU REFRIGERIO ESPIRITUAL DE HOY: Equipaje liviano

Equipaje liviano

El operador ya había entrado y salido un par de veces del recinto en cuya puerta se leía “solo personal autorizado”. En aquella espera, rodeado de la aridez de ese remoto lugar; recuerdos de risas y abrazos compartidos abrumaron los ojos del alma. Esperaba una caja cuyo contenido tiene alto valor sentimental y cuyo peso, a decir de los expertos en ese tipo de entregas, era de unos 2 kilos aproximadamente. El gusto por la comodidad y haber transitado uno que otro aeropuerto y varias aerolíneas, han afianzado mi preferencia por viajar con equipaje liviano. Cruzar el océano con solo 1 maleta de carga por pasajero luce algo mezquino, pero el caminante de cielos y nubes, lo mismo que de la vida misma, va aprendiendo a cargar lo esencial. Ya era mediodía, mis ojos seguían expectantes de la salida de aquel operador con acceso al lugar restringido. Luego de dos horas y algunos minutos se abrió la puerta y, esta vez, traía consigo la caja. Sin mayores explicaciones la puso en mis manos y, efectivamente, era liviana…las cenizas de lo que hasta hacía solo unas horas era un cuerpo de 26 años, envoltorio de aquella amada alma. La joven y atlética figura se redujo a un equipaje liviano. Toqué el incinerario, imaginando un contacto cercano de despedida con mi sobrino, y cuidadosamente lo coloqué en manos de su hermana. Pensamientos y emociones encontradas pasaron por mis ojos, instantes en los que el infinito recuerda nuestra finitud sobre esta tierra que nos fuera encomendada para administrar. Me motiva a escribirte hoy compartir que la vida nos muestra, en diversas formas y maneras, que nuestro equipaje para la vida sea tan liviano como nuestro apego a cosas materiales. En los eventos que miro por las noticias, en la crisis de valores a escala global, en la ola de literatura que sobre emociones y conducta ha proliferado; veo que el despertador de la vida suena para sacarnos del letargo con el que hemos convertido a nuestras almas en algo similar a nuestras casas: un montón de cosas acumuladas, buena parte de las cuales ocupan espacio sin tener uso o importancia. Aquel cofrecito incinerario me recordó que hasta la esencia final de nuestro cuerpo se reduce a polvo, lo que en lugar de ser visto como tragicomedia invita a llevar vidas livianas durante este recorrido que llamamos vida. Si alguien me dijera que las arenas en el reloj de mi vida solo cuentan granos para 1 semana ¿Qué haría? ¿Asistir a esa importante reunión agendada? ¿Pasar los días quejándome? ¿Echarme en la cama? En un video titulado “El cambio” Wayne Dyer dijo algo que atesoro: “la vida se trata de no estar en un sitio deseando estar en otro”. La armonía del alma implica estar en el sitio en el que nuestra existencia descubre su propósito, y cuando el alma vive en esa dimensión, en ese nivel, entiende que el equipaje requerido para su recorrido es mucho más liviano que antes. Refiriéndose a las cosas materiales alguien escribió “nada trajimos a este mundo, y nada nos llevaremos de él”. Una reflexión para nuestro tiempo es la de contar las horas de desvelo que nos aquejan y evaluar si la causa de los mismos tiene su origen en el apego por cosas materiales o al estado de conciencia espiritual que procura quitarse las muchas cargas que le hemos puesto encima. Los dos kilos de aquel cofrecito son despertador para mí y recuerdan lo que fue escrito “…del polvo fuiste tomado, y al polvo volverás”. Quiero terminar estas sentidas líneas compartiéndote algo dicho por Jesús al referirse a la forma en que veía su apego a las posesiones materiales o su actitud ante las circunstancias que enfrentó: “Mi yugo es fácil y ligera mi carga”. ¿Sabes? Uno de estos días nuestros cuerpos serán, de una forma u otra, un par de kilos de polvo; lo que en lugar de causarnos pesar nos anima a quitar peso al alma. En la medida que vayamos aprendiendo a caminar, cuidando este maravilloso envoltorio que nos ha sido dado, pero manteniendo la mirada puesta en nuestro valor espiritual (nada tiene que ver con lo religioso) iremos disfrutando lo liviano de nuestro equipaje, nuestro morral o “mochila para el universo” como la llama Elsa Punset; y liberaremos nuestros hombros intelecto-espirituales de la “carga” como la llamara John Bunyan en su “progreso del peregrino”. Es mi oración que, para cuando llegue el momento en que manos amigas reciban lo que pueda quedar de este envoltorio, haya dejado en modo algún motivo para que otros sean invitados a disfrutar la vida nutriendo el ser interior con lo Divino y aprendiendo a llevar un equipaje liviano durante su propio recorrido y hasta su viaje a casa. Feliz día.

lunes, 21 de septiembre de 2015

TU REFRIGERIO ESPIRITUAL DE HOY: Imitadores

Imitadores
Por José Gil
Me dirigía al taller para hacer revisar mi camioneta que, nuevamente, tenía uno de esos ruidos que anunciaban que la falla, fuese cual fuese, urgía reparar, bien porque el ruido evidenciaba un daño severo o porque rebasaba la paciencia de mis oídos. Llegaba al cruce de dos calles de tráfico fluido y me detuve por la luz roja del semáforo. Miré por el retrovisor que dos motorizados se acercaban y se disponían a pasar por el espacio que quedaba entre mi vehículo y la acera. Cuando ya estaban bien cerca vi que llevaban uniforme de policías, lo que, hasta cierto punto, relajó la alarma de seguridad en mi cerebro. En una ciudad como Maracaibo estar atento es mandatorio, incluso de uniformes. Redujeron la velocidad y conversaban. Ocurrió algo que motiva, en parte, a escribirte hoy. Uno de los uniformados, pocos metros delante de mí, se pasó la luz roja sin sonar alarma o encender alguna luz distintiva que justificara la infracción. Flagrantemente, el uniformado para hacer cumplir la ley violaba una norma básica, en sitio concurrido, hora diurna, a plena vista. ¿Qué ocurrió luego? El otro patrullero le siguió en su infracción, réplica instantánea de un acto que, si bien puede ser visto como insignificante, anuncia que la suma de muchas “pequeñas” vilezas evidencia una sociedad envilecida. Seguí mi recorrido y recordé una investigación que había leído sobre las llamadas “células espejo”, generadas en y por nuestro cerebro, causantes de nuestra capacidad para reproducir acciones y emociones. Esas microscópicas amigas nos hacen llorar cuando vemos a alguien llora, reír o hasta caminar de cierta manera observada. Ser testigo de aquella conducta y nuestra capacidad para imitar acciones y emociones me ha hecho considerar: ¿A quién imito? ¿A quién trato de emular con mis acciones? Vi recientemente a una comunicadora pateando a un par de inmigrantes que, huyendo de la guerra en Siria trataban, frenéticamente, de entrar a Europa. La explicación de la avergonzada reportera fue que “por el caos del entorno reaccionó de forma equivocada”. Los expertos nos dicen que imitar es una forma primaria e instintiva de aprender, imitamos desde niños, luego le sumamos nuestro carácter y criterio, con lo que vamos forjando una conducta, un comportamiento personal que llega a ser colectivo. El problema surge cuando nuestro entorno está plagado de malos ejemplos, pues la conducta puede copiarse con la misma eficacia que las redes sociales comparten fotos o videos que se hacen “virales”. Risible tragicomedia del siglo XXI la llamada rebeldía en la que tantos reclaman su derecho a ser “ellos mismos” sin imitar “viejos” patrones, pero suelen terminar creando “nuevos” patrones que otros imitan rápidamente. Una corriente social de no alineados a la moda vieja, que, imitándose entre sí, crean una moda nueva. Prescindimos del objeto de imitación, pero conservamos la práctica de imitar. Tenemos un desafío como individuos y colectivo: procurar valores y conductas de un estilo de vida más elevado. ¿Dónde se pueden hallar esos valores? La mejor respuesta: en ti, en mí. Cuando la degradación parece inundar lo colectivo solemos esperar que “del cielo” venga un rescate, o miramos a los lados buscando a otro que imponga orden. La historia ha mostrado que tal espera es un grave error. En realidad, el primer paso es detener mi tendencia personal, instintiva, de imitar sin pensar, de imitar conductas que me degradan, dar el primer paso comienza con mi propia vida, mi convicción, mi deseo de que la bondad se extienda. Luego podré esperar que otros imiten y eso no es algo que se impone. La bondad no se impone o sería una vileza disfrazada. Con demasiada facilidad caemos presa de imitar lo que la mayoría haga y eso suele ser causa que nos degrada. Me gusta pensar que la Divinidad ha puesto en nosotros elementos físicos y emocionales para ser consecuentes unos a otros, para la solidaridad, para nutrir un sentido de afecto colectivo que nos permita respetarnos en acuerdos y desacuerdos. El peligro es que descuidamos la nutrición de nuestra mente con valores y principios de altura, y una persona, familia o sociedad con mente desnutrida será presa fácil de la violencia y los miedos. Fuimos diseñados para la grandeza, pero si descuidamos nuestros valores intelecto-espirituales terminamos degradados a un nivel sub-animal. Deseo terminar estas líneas con el eco de aquel llamado desde mi ser interior ¿A quién imito? ¿Quién goza de la confianza, respeto o admiración como para imitarle? Pregunta que exige una respuesta personalísima. Cierto hombre envió una carta a sus amigos en la que incluyó una frase que luce, al menos para mí, como una excelente respuesta “sean imitadores de mí en la medida que yo lo soy de Jesús”. No se refería al utilizado por mercaderías religiosas sino al Jesús que modeló una vida de altura espiritual en armonía con Dios, consigo mismo y sus semejantes, para que por su ejemplo, nosotros también, alcancemos la altura para la que fuimos diseñados. El reloj de la historia parece estar sonando su alarma, llamando a mantener encendida la luz de la bondad. No pocos consideran que vivimos la antesala a eventos tormentosos a escala mundial, que incitaran a miedo, odio y violencia…entonces percibo la voz de la vida en su desafío ¿Imitarás el caos de lo degradado o mostrarás la luz que ha sido puesta en ti? Feliz día. 

lunes, 7 de septiembre de 2015

TU REFRIGERIO ESPIRITUAL DE HOY: Aplaudiendo al chef

Aplaudiendo al chef
Por José Gil
Por segundo día cenaba en aquel restaurant, complacido por una atención cálida y profesional que, gustosamente, quise volver a disfrutar. Un ambiente sencillo, amplio e iluminado, sin estridencia alguna. Podía escuchar a otros comensales, agradado de lo que parecía un acuerdo para que cada conversación quedara limitada a cada mesa. Como tantas cosas de la vida, la discordante excepción, una mesa a mi izquierda, desde la que se oiría el golpe dado por el hombre a la madera, produciéndose un ruido como si los vasos y platos se fuesen a romper. Un silencio, miradas de sorpresa y asombro, la mujer se levantaría e iría. Unos pocos segundos y de vuelta a disfrutar del ambiente, centrado en degustar comida y atención. Debe haber transcurrido poco menos de una hora cuando, de repente, se escuchó el encendido de un sistema de sonido y alguien se dirigió a los presentes para hacer un anuncio. El personal de la cocina había sido invitado a salir de su sitio de trabajo y presentarse a los clientes, lo que generó espontáneos y nutridos aplausos. Fue la confirmación que se había disfrutado comida y servicio, un trabajo bien hecho. Quien parecía el jefe de personal mencionó el nombre y país de origen de cada uno de los empleados, todos y cada uno aplaudidos. Al mencionar al chef principal…los aplausos fueron más audibles y una que otra voz eufórica lanzó elogios. Fue la primera vez que presenciaba algo así: aplaudir al chef. Como si el flash de una cámara en la noche iluminara mis pensamientos aquella vivencia me hizo pensar en quienes desde un lugar no siempre visible se esmeran en ofrecer lo mejor para servir a otros que puede ni lleguen a conocer personalmente. Pensé en los muy pocos platos que puedo preparar y mi reducida destreza para sazonarlos, así que con más ganas aplaudí. Más tarde, ya en la cama, pensaría en el trabajo de aquellas personas, en que disfrutamos su trabajo aunque rara vez conozcamos su rostro o nombre, y que sea algo inusual que pasen al frente para ser aplaudidos. El minucioso y privado trabajo de una buena cocina me hizo considerar algunos aspectos de la vida misma, que hoy me llevan a escribirte. Es un hecho en nuestra llamada sociedad moderna que tantos busquen fama o fortuna solo por el placer mismo de ser reconocidos o envidiados y; al otro extremo, el trabajo esmerado, honesto y discreto de tantos que no siempre es apreciado justamente. El ambiente de aquel restaurant disponía buena luz, sonido y una limpia mantelería; pero fue la comida la principal razón que nos congregó. Seguramente hubo esmero de quienes pusieron manteles y revisaron lámparas, pero si la comida era mala - como pasa a veces en la vida- todo habría sido inútil decoración. Entre tanto, chef y colaboradores, cuyo servicio marca diferencia entre un comensal feliz o alguien enfermo del estómago, trabajaban en lo discreto de la cocina. Traté de imaginar su emoción al ser puestos al frente para ser aplaudidos por quienes, si bien estaban pagando, agradecían lo que consideraron un trabajo bien realizado. ¿Me gustaría ser aplaudido? ¿Reconocido? En un sistema de valores que aplaude al más ágil, fuerte, rico, rápido o inteligente ¿Busco fama sin considerar mi esfuerzo o doy lo mejor de mí y dejo que la vida fluya el resultado que corresponda? ¿Entiendo que el reconocimiento que vale la pena es el que resulta de hacer las cosas bien en “la cocina” de la vida? Una desmedida ambición empuja hacia fama sin esfuerzo, preparación ni dedicación; lo que es semejante a servir platos sin aprecio por quien espera degustarlos. En ese punto de mis pensamientos vino lo que considero preguntas claves para mi vida ¿Cuál es mi motivación, quien es el chef y quien el comensal que espero deguste lo que sale de la cocina de mi vida? Alguien escribió a sus amigos lo que considero la mejor respuesta: “todo lo que hagan, háganlo con entusiasmo y dedicación, como si lo hicieran para servir a Dios y no solo a las personas”. Visto así hay debería haber una  actitud de grandeza en cuanto hagamos. Existen quienes ponen empeño y entusiasmo, los excavadores que han aprendido el hermoso arte de extraer los tesoros que la vida puso en su alma. Una persona, una familia, una empresa, una nación, es aplaudida en la medida que quienes la integran sazonan con entusiasmo lo que hacen para servir a otros. Esto es válido en el nivel material de las cosas y, aún más, en lo intelecto-espiritual. Exquisito el aplauso de almas agradecidas. Te invito en este momento a hacer un ejercicio mental: imagina que te encuentras en un lugar discreto, iluminado, sin estridencia alguna, en el que se encuentran almas agradecidas por tu servicio dado a ellas. Entre los presentes hay algunos que se regocijan por “algo especial” que serviste. Entonces, oyes una voz amiga por el sistema de sonido “aquí tienen a (tu nombre), de Venezuela, su servicio fue cortar vegetales y aderezar ensaladas…es un amado colaborador...amigo del cielo”. ¿Lo puedes imaginar? ¿Te emociona? A mí me emociona, atesoro esa esperanza más que todo el dinero del mundo. Veo a Jesús como el chef principal de la cocina de mi vida, veo almas cuyos caminos cruzan el mío como los comensales enviados para que les sirva, y a Dios como el jefe del personal. Pon lo mejor de ti en todo cuanto haces, comparte. Los aplausos llegarán en su tiempo. Has sido dotado para que prepares un platillo especial. Algunos en tu entorno pueden ni darse cuenta del amor invertido en cuanto haces, otros estarán conversando sus negocios y planes para la fama, puede que haya quien se levante y aleje, luego de golpear la mesa de su amargura…de todos modos esmérate en lo que haces, sirve como a quien sirve a Dios. Hay almas que agradecerán por tu vida con un sensible aplauso, incluido Dios. Nos vemos en la cocina. Feliz día.

lunes, 31 de agosto de 2015

TU REFRIGERIO ESPIRITUAL DE HOY: El cuidador del oasis

El cuidador del oasis
Por José Gil
Recién pasaba del mediodía, la temperatura besaba los 40 grados centígrados, para aquella hora esperaba haber avanzado más en el recorrido, pero habiendo aprendido que la mejor forma de viajar es sin prisas, tomando pausas que mente o cuerpo pidan, me detuve sin gruñir la necesidad de ir al baño. Mientras llenaba el tanque de combustible, pregunté al empleado si había baño: “si, adentro en la oficina”. Debe haber notado en mi rostro la duda para entrar al concurrido y reducido espacio, así que agregó: “puede usar el de atrás, el viejo”. Con algo de humor le di las gracias y comenté “no hay problema, los hombres hacemos de pie” y mientras ambos reímos me dirigí a la parte trasera de la estación de gasolina. Estacioné mi camioneta a la derecha de la puerta del baño, dejando una distancia prudente con un enorme camión estacionado al frente. Al acercarme a la puerta observé a un hombre sentado en un murito, pensé que sería el conductor del camión o quizás esperaba a alguien. Bocanadas de aire limpio antes de entrar al lugar, preparándome para la precariedad de higiene que suele sufrirse en estos lugares en carretera. Sorpresa! pues encontré un baño impecablemente limpio a pesar de su clara antigüedad. Puse poca atención a un familiar sonido de fondo pues pensaba pasar solo unos pocos segundos antes de seguir mi ruta. Me disponía a lavar mis manos cuando noté que el hombre visto afuera ahora estaba de pie en la puerta. Aseado, erguido, de aspecto apacible. Se inició un dialogo en el que, una vez más, lo invisible produjo un encuentro de almas que transitan el sendero de la vida en búsqueda de respuestas, y que motiva el que te escriba estas líneas de hoy. Le pregunté si era quien limpiaba aquel lugar y respondió “si, y mantengo las duchas”. Inmediatamente me di cuenta la causa del sonido de fondo del lugar…habían tres puertas con la inscripción “DUCHAS”, y una de ellas estaba siendo utilizada, por quien inferí era el chofer del enorme camión. Espontáneamente dije al cuidador “usted tiene un oasis aquí, le felicito por lo que hace”, manteniendo limpio aquel sitio en una calurosa carretera, donde el viajero pueda tomar una pausa para refrescar su andar. Percibí humildad al decirme “no crea señor, el agua sale muy caliente a veces y no sé qué tanto se puedan refrescar”. Igual es agua limpia, le dije; y de seguro los conductores de largas distancias la aprecian. Mientras caminaba de salida le pedí que me siguiera, quería regalarle algo. Las propinas representan el ingreso para la vida de quienes proveen este noble servicio y aquel hombre estaba haciendo un buen trabajo en un sitio que, seguramente, la mayoría preferiríamos visitar solo cuando el cuerpo no pueda esperar. Yo había sacado algo de efectivo de un cajero automático y aun tenia los billetes juntos, de modo que –discretamente- tome uno y lo extendí a aquel cuidador de oasis de carretera. Agradeció, lo recibió y se alejaba cuando noté que miraba el billete en sus manos y se volvió hacia mí. Me hizo una pregunta para la que no estaba preparado: “Disculpe señor, pero ¿Es usted un místico?”. Debe haber notado la sorpresa en mi rostro pues de inmediato explicó el motivo de su pregunta. El billete que le di tenía una numeración terminada en su año de nacimiento, y él estaba de cumpleaños, me dijo que llevaba varios años trabajando allí, compartió su nombre completo, y de inmediato sacaría su cedula de identidad, mostrándomela, supongo que para dar veracidad a sus palabras. Le dije mi nombre completo, sonrió y dijo “tenemos el mismo nombre señor, un buen nombre”. Sus ojos se humedecieron al decirme que un sobrino había ido a verle, viajando desde una lejana ciudad, para felicitarle y decirle “su familia le ama tío, no se sienta solo, lo esperamos”…en ese momento de su historia supe, de alguna forma, que no había sido casual mi salida tardía, mi repentina necesidad física, que usualmente yo habría preferido usar el baño de la oficina, las palabras de aquella anciana amiga un día antes al referirse a “la presencia Divina y propósito para compartir lo espiritual” de mi existencia. En milisegundos supe que lo invisible me había invitado a estar allí a esa hora, para compartir de lo mucho que me ha dado y para confirmar su grata compañía. Mi entrada a aquel sitio fue oportunidad para decirle a un caminante de la vida, uno solitario que creía haber sido olvidado, con toda la convicción de lo que soy capaz, lo que la vida me ha ensenado…y me escuché diciéndole “amigo José, nunca estamos solos, siempre estamos en compañía de lo Divino, incluso en este sitio donde has estado apartado…Dios te anda buscando”. Una pausa, un silencio, dos hombres mostraron discreta emotividad, propia de momentos cuanto lo infinito evidencia su contacto en forma palpable. Mi alma agradeció haber sido bendecido con la humildad y servicio prestado por el cuidador de un oasis de calurosa carretera; la emoción de haber sido, en alguna forma, colaborador de su propia búsqueda del camino a casa; y la afirmación que la bondad se origina en lo invisible de la vida y aguarda, pacientemente, que permitamos ser un medio para materializar acciones y afectos visibles a nuestros ojos y la de nuestros semejantes. Fue escrito que “lo que se ve fue hecho a partir de lo que no se ve”. Quiero despedirme recordándote que en el andar de la vida, nuestras almas, lo mismo que nuestros cuerpos, suelen necesitar un lugar para refrescarse; que existen quienes se dedican a tener buen cuidado de que podamos disfrutar ese refrigerio espiritual y, en especial, que también nosotros podemos ser portadores de un mensaje Divino a los que, por causas de su propio andar, pueden haber llegado a sentir que estaban abandonados…recuérdalo, recuérdales, que no lo están, lo Divino nos busca. Feliz día.

viernes, 14 de agosto de 2015

TU REFRIGERIO ESPIRITUAL DE HOY: Los guardaespaldas

Los guardaespaldas
Por José Gil
Salía de aquel restaurante y observé dos hombres sentados a la puerta, traje y corbata, uno de ellos llevaba colgando de su cuello lo que parecía una placa de identificación policial. Eran escoltas, guardaespaldas. Apresuré el paso para alejarme de su entorno, presumiendo que portaban armas para el resguardo de quien paga sus servicios. Mientras me alejaba mis pensamientos recordaron la inseguridad y violencia imperante en Venezuela. Las cifras de muertes violentas son, prácticamente, un parte de guerra, y algunas personas han decidido contratar servicios de guardaespaldas. Recordé aquel viaje de trabajo a Perú, a finales de los años 90, cuando grupos paramilitares aun secuestraban y asesinaban. La sorpresa cuando, a pesar de mis rasgos y acento indiscutiblemente hispanoamericanos, la empresa había asignado 2 escoltas que, desde mi arribo y hasta la partida, me acompañaron. Aun sonrío al rememorar aquella mañana cuando, visitando un templo, uno de ellos vino para pedirme que nos fuéramos porque habían visto un auto sospechoso entorno. Medito esas vivencias pasadas y presentes, que parecen no tener espacio ni tiempo entre su ocurrencia, y la voz que dicta desde el ser interior susurra para hablarte sobre otro tipo de guardaespaldas, dos para ser especifico. Sobre ellos escribió un rey y, en sus propias palabras, le seguían continuamente. Interesante que él vivió bajo amenaza de muerte por enemigos externos y en su misma familia; sin embargo, en lo que muchos consideran su escrito más destacado, se refirió a los que eran dos guardaespaldas a tiempo completo. David escribió “…ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida…”.  La expresión “seguirán” implica la idea de custodiar, acompañar como protectores a tiempo completo, 24x7 como suele decirse. Un joven pastor de ovejas que se convirtió en rey, acumulando en su camino profundos amores y terribles enemigos. Al momento de escribir la joya espiritual que legó en el Salmo 23 menciona, por su nombre, a los que consideró sus dos más cercanos y fieles guardaespaldas: el bien, la misericordia. A juzgar por la biografía que se dispone de David, vivió muchos días de aislamiento, menosprecio, traiciones y persecuciones. Sin embargo, aquí tenemos a alguien haciendo balance de su vida y proclamando que la vida le ha rodeado de bondad y misericordia. ¿Te das cuenta? Hay una poderosa lección de vida para ti y para mí en esta expresión del salmista: con nuestra actitud y percepción de la vida escogemos que tipo de guardaespaldas emocional y espiritual nos acompaña. David tenía una especie de amnesia selectiva para olvidar malos tiempos. Algunas almas suelen ver la mitad vacía del vaso, otras aprecian el valor de la mitad que contiene el fluido que sustenta la vida. Cuando el miedo cierne la sociedad ha convertido casas en celdas, blindado sus autos y hasta contratado guardaespaldas. No los culpo, sus vidas caminan sobre cuerdas flojas, lo mismo que sus emociones. Permíteme preguntarte algo: en el plano intelecto-espiritual ¿Quiénes son los guardaespaldas de tu vida? Cuándo haces el balance de lo vivido y lo compartes a propios o extraños ¿Te refieres al bien y la misericordia que has presenciado y disfrutado o al miedo de la violencia imperante? Yo decido, tú decides, quienes te escoltan puertas adentro del ser. La presencia Divina para el escritor del Salmo 23 fue algo muy superior a rituales o cliché religiosos, era un asunto de compañerismo cotidiano…”todos los días”. Incluso los días cuando fue poco apreciado en su seno familiar, días cuando se escondía en una cueva asquerosa, días de burla de su primera esposa, días de traición de su hijo, desobediencia del comandante de sus tropas, odio de vecinos al norte y sur, hasta días de dolor y llanto por sus hechos vergonzosos. Su testamento emocional y espiritual es el de un alma que proclama la supremacía del bien y la misericordia; recibida de lo Divino y compartida con sus semejantes, que le dieron victoria sobre la oscuridad del miedo, el odio y la ignorancia. En días como estos, donde tantos parecen necesitar guardaespaldas, cuyas razones de contratar tal cuidado puede que ni queramos conocer, vale la pena preguntarnos ¿Quiénes escoltan mi alma en este recorrido que llamo vida? Te invito a que permitas a estos dos guardaespaldas del cielo acompañarte, disfruta su presencia, llena tus pensamientos y emociones con ellos, me gusta saber que el mundo invisible tiene estos poderosos aliados a mi servicio…si es que aprendo a disfrutar su compañía. Es mi deseo y oración que el bien y la misericordia te escolten hasta la llegada a casa. Feliz día.